La bahía de Villefranche-sur-Mer, Alpes Marítimos, en la región de Provenza-Alpes-Costa Azul, Francia (© StockByM/Getty Images)
En septiembre, la bahía de Villefranche-sur-Mer, en la Costa Azul (Francia), baja de revoluciones: la luz se vuelve más suave, el agua sigue templada y el monte huele a pino carrasco, romero y tomillo. Los veleros se deslizan por una rada de aguas inusualmente profundas, encajada entre laderas de casas ocres.
Tierra adentro, el paisaje cuenta otra historia: olivos centenarios, pueblos colgados en lo alto y una vegetación de encinas y madroños acostumbrada a aguantar el verano seco. Son las mismas especies que cubren buena parte del litoral mediterráneo español, así que el conjunto resultará familiar a cualquiera que haya caminado por la Costa Brava o por el levante.
Cuando las cigarras aflojan y solo queda el rumor del agua en una cala, queda claro que esta costa es mucho más que una postal: es una forma de habitar el Mediterráneo.